Unos pocos hacen un mucho por los refugiados

Esta ha sido la semana de Aylan, la de la imagen que ha removido conciencias o, al menos, algunas sobre la situación de los refugiados que llegan a Europa. Desde que vi la foto del niño sirio en la orilla de una playa de Turquía no he podido dejar de imaginarme que bien podía ser mi sobrina de tres años. No he podido dejar de pensar en ese policía que recogía el cuerpo del pequeño y que probablemente no podrá quitarse esa experiencia de la cabeza.

Muchas han sido las noticias dedicadas al naufragio de Aylan y su familia, junto con otros emigrantes sirios, que sólo buscaban huir de una guerra cruel (como todas) y que ya dura demasiado tiempo. Personas que sólo quieren un futuro, no ya mejor ni peor, sino un futuro. Y me he interesado por todas las iniciativas que se están llevando a cabo para acoger a refugiados, más allá de las “puñeteras” cuotas de las que hablan los gobiernos.

Me he indignado con las reacciones de algunos políticos, aunque afortunadamente me he sorprendido con la solidaridad y desinterés de muchas personas anónimas por ayudar a quien más lo necesita ahora mismo. El otro día escuchaba en el programa de Hora 25 a una mujer que había decidido acoger refugiados en su casa, con el apoyo de su marido e hijos, y leía cómo unos jóvenes alemanes pusieron en marcha una iniciativa para poner en contacto a solicitantes de asilo con ciudadanos que quisieran acogerlos. También he leído mucho sobre qué podíamos hacer cualquiera para ayudar, más allá de lo que hagan nuestro gobierno (no confío demasiado) y ayuntamientos (aplaudo la iniciativa del de Madrid).

Y he decidido que no quiero hacer algo puntual para salvar los muebles en este momento. No quiero un “pan para hoy y hambre para mañana”. Por fortuna, actualmente tengo un trabajo que me permite aportar algo a alguna ONG y he pensado que todavía puedo dar algo más. No tengo una habitación de más en mi casa y ni siquiera tengo un sofá-cama para dar cobijo a alguien pero puedo apoyar a los que más están trabajando por los refugiados en el Mediterráneo, esos que, según las altas esferas, provocan un efecto llamada, Médicos sin fronteras.

Hay muchas ONG’s trabajando por los refugiados, los niños, la pobreza, el hambre… pero ¿por qué esta vez Médicos sin fronteras? Pues porque son los que siempre están, los que siempre dan la cara.

Hace unos meses estuve en una charla del fotógrafo español ganador de un World Press Photo, Samuel Aranda, y hablando de los conflictos en África y Oriente medio, comentaba que si alguna vez queríamos ayudar a alguna ONG que trabajara en la zona, que colaboráramos con Médicos sin fronteras, pues son los que están en el terreno de verdad, más allá de campañas de marketing para captar socios. Así que, aunque ya soy socia de otras organizaciones, esta vez he decidido aportar un poco más y hacerme socia de Médicos sin fronteras porque con un poquito mío y otro poquito de aquí y de allá, pueden hacer grandes cosas, pueden hacer lo más grande, salvar vidas.

Sé que no es mucho pero espero que sirva para que puedan seguir rescatando personas del Mediterráneo, para que no tengamos que ver otro Aylan. Y espero de verdad que se acaben las alambradas, las fronteras, el odio al diferente…

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